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LA PARÁBOLA DEL ASTRONAUTA .- Gabriel Magma

Un astronauta llegó por accidente a un planeta habitado por seres humanos que sólo sabían moverse reptando por el suelo. Al verle andando sobre sus pies, los humanos reptantes tuvieron mucho miedo y huyeron. Al astronauta le costó que entendieran que no quería comérselos, porque eso era lo que decían todas las leyendas sobre los seres que llegaban del cielo. Pero se puso a reptar a su altura y finalmente estableció contacto con un grupo de humanos curiosos y valientes, que pronto le enseñaron su idioma.

El astronauta se dedicó a estudiarlos: comprobó que físicamente eran exactamente iguales a él y que la mayoría se dedicaba a sacar oro de las minas reptando por unos túneles minúsculos. Se preguntó si habrían olvidado cómo caminar por haber pasado tanto tiempo reptando en esos túneles. Pero se dio cuenta de que ni siquiera se les pasaba por la cabeza erguirse porque desde pequeños vestían a sus hijos con unas faldas largas, estrechas y rígidas que les protegían del rozamiento al reptar, pero que también les impedían levantarse.

Cuando las autoridades oyeron hablar del astronauta, difundieron las habituales historias de que comía niños y pidieron la colaboración de la población para acabar con él. Pero sus nuevos amigos se atrevieron a esconderle de la policía.

El astronauta les dijo que con tanto túnel para extraer oro, su civilización no resistiría un terremoto, y se sorprendió mucho de que los reptantes lo supiesen y no hiciesen nada al respecto. Según ellos, su sociedad no podía funcionar sin extraer continuamente oro, así que tenían que seguir extrayéndolo hasta que se acabase, sin saber muy bien qué iba a pasar después.

Cuando el astronauta preguntó para qué usaban el oro, los humanos reptantes le contestaban que lo necesitaban para comprar comida y faldas y para pagar a la autoridad que garantizaba su seguridad.

El astronauta se dio cuenta de que extraían muchísimo más oro del que circulaba para comprar cosas y dedujo que las autoridades eran dueñas de casi todo el oro. Cuando preguntó a sus amigos por qué aceptaban vivir esclavizados, se sorprendió mucho de escuchar que estaban convencidos de que su sistema era el mejor de los posibles, porque cada cuatro años podían elegir a sus opresores.

El astronauta no les entendía, pero siguió investigando y al fin dio con la clave para entender por qué aceptaban ser esclavos: a pesar de ser bastante pacíficos, les habían enseñado a tenerse tanto miedo unos de otros, que pensaban que necesitaban una autoridad absoluta que les sometiese a todos para que no se matasen entre ellos.

El astronauta desconfiaba de las autoridades y se propuso averiguar a dónde iba tanto oro. Como tenía una mochila propulsora, pudo moverse rápidamente por el planeta, y con su moderna tecnología de escucha, pudo enterarse de cómo estaba organizado todo realmente:

La autoridad ingresaba mucho más oro del que gastaba en la seguridad de sus súbditos, y con ese oro controlaba los precios de la comida y de las faldas, haciendo que pagasen mucho más oro de lo que costaba producirlas.

Se dio cuenta de que sólo los más altos dirigentes de los partidos sabían que todo el sistema estaba organizado para proporcionar oro a los verdaderos dueños del planeta, y que sólo conseguía llegar a ser dirigente quien quisiese mantener el sistema.

También consiguió ver las zonas de acceso restringido y supo que los dirigentes poseían una tecnología muy superior a la que permitían usar a sus esclavos humanos. Esa tecnología les permitía viajar por todo el cosmos, pero para hacerla funcionar necesitaban enormes cantidades de oro.

El astronauta se enteró de que los dirigentes vivían completamente de espaldas a la población, porque llegó a ver hangares en los que habían construido algunas naves para irse del planeta cuando éste se derrumbase definitivamente.

Pero lo más grave de todo fue comprobar que eran las propias autoridades las que secretamente promovían la formación de divisiones entre la población y provocaban incidentes violentos entre ellos. Al estallar la violencia los reptantes sentían miedo, se atacaban entre ellos y cada uno se refugiaba en su clan, de forma que nunca sospechaban de las autoridades.

Los dirigentes tenían controlado el nivel de miedo de cada zona y en función de éste, diseñaban enfermedades y estrategias de desestabilización para que los reptantes siguiesen creyendo que necesitaban estar sometidos a su autoridad.

El astronauta volvió con sus amigos reptantes y les explicó todo lo que había averiguado. La mayoría se negó a creerle porque aceptar eso les suponía casi como quedarse sin suelo bajo los pies. Y los que le creyeron se sentían demasiado impotentes para enfrentarse al orden establecido. 

El astronauta les preguntó por qué consentían que las autoridades les prohibiesen el acceso a determinados lugares como los hangares con oro y con naves, y que hubiese servicios secretos con derecho a hacer cualquier cosa sin informarles, y comprobó que en las respuestas estaba siempre presente la fórmula “garantizar la seguridad”.

Fue entonces cuando el astronauta se dio cuenta de que el verdadero problema no era que las autoridades no tuviesen escrúpulos, sino el miedo que sentía la población.  

El astronauta resolvió entonces plantear el problema desde otro enfoque y se propuso enseñarles a caminar erguidos para que ganasen confianza en sí mismos. Pero no resultó fácil: a pesar de que veían que físicamente él era igual que ellos, le costó un triunfo convencerlos de que todos serían capaces de hacer lo mismo que él. Y cuando los convenció, tampoco le resultó fácil que se irguiesen, porque los huesos y músculos de sus piernas estaban deformados y entumecidos de tanto reptar.

Tras semanas de intentos y toneladas de paciencia, por fin consiguió que algunos se pusiesen de pie, pero se les hacía muy difícil mantener el equilibrio porque sentían vértigo.

A pesar de todo, con el tiempo el astronauta consiguió que un pequeño grupo de humanos se irguiesen con muletas, y alguno incluso rasgó su falda para poder moverse con más libertad y dar algunos pasos de pie.

Ver a los humanos caminar enfureció a las autoridades, y redoblaron sus esfuerzos para someterlos. Y un día la policía consiguió prender al astronauta y encarcelar a sus seguidores.

Los dirigentes mataron al astronauta por el peligro que les suponía… pero su enseñanza perduró. Los reptantes empezaron a creer en sí mismos y fueron practicando el erguirse. Cada día eran más los que rompían sus faldas y caminaban en cuclillas, a cuatro patas o sobre sus rodillas, y el erguirse les dio confianza para negarse a extraer oro y para dejar de utilizarlo como moneda. Decidieron que ya no eran reptantes y pasaron a denominarse erguidos.

Los erguidos empezaron a confiar los unos en los otros y fueron congregándose en pequeñas comunidades autosostenidas en las que intercambiaban bienes y servicios con monedas propias.

Las autoridades se alarmaron y usaron su técnica habitual de poner bombas y atribuirlas a grupos terroristas de erguidos, para poder perseguirlos y prenderles. Pero como los erguidos no tenían miedo y sólo reaccionaban con resistencia pacífica, la represión sólo consiguió que la gente se diera cuenta de que el enemigo no eran los erguidos, sino los dirigentes.

Los dirigentes redoblaron sus esfuerzos manipuladores, pero como la población no reaccionó a las incitaciones, la propaganda resultó cada vez más forzada y la mayoría de los reptantes dejó de creerla y comenzó a erguirse.

En un intento desesperado, los dirigentes decidieron emplear su avanzada tecnología secreta para someter a los disidentes, pero incluso esta les resultó inútil, puesto que aun sometidos, los erguidos se negaban a obedecerles.

Así fue cómo los erguidos se dieron cuenta de que sin miedo nadie podía someterlos y empezaron a ser conscientes de su fuerza. Algunos colaboradores de los dirigentes salieron a la luz y desvelaron las prácticas que usaban para mantenerlos asustados y el verdadero propósito del oro. Fue entonces cuando los reptantes dejaron de confiar en el oro y el sistema se colapsó.

Los dirigentes temieron represalias y abandonaron el planeta en sus naves. Los erguidos aprendieron sus lecciones y crearon un gobierno formado por erguidos más sabios cuya primera tarea fue organizar el apuntalamiento del planeta para evitar que se hundiese. Esa labor los unió a todos y por fin consiguieron vivir libres y en paz.

 © Gabriel Magma (publicado con la autorización del autor)

http://www.editorialfaro.com/

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