Blog de Viajes Sagrados, contenido sobre lugares de poder, reflexiones y practicas energeticas

Abidos, un lugar en mi Alma.

 Estos últimos días, mi mente se evade recordando espacios que he recorrido durante mis últimos años. Cada año es lo mismo, pero cada año me cautiva la esperanza de regresar de nuevo a  aquellos lugares que ya llevo dentro, en mi alma.

 Egipto, país de luz, magia y misterios. Miles de tesoros ocultos en sus arenas, miles de secretos escondidos entre sus maravillosas piedras, miles de preguntas se agolpan ante la maravilla de sus templos y como siempre, un profundo sentimiento.

 Cuando uno emprende su viaje a Egipto espera aventura, misterios, enamorarse de sus gentes. Uno busca la conexión con lo Sagrado a través de las huellas que marcan los templos antiguos, los vestigios de una grandiosa civilización o las huellas de la civilización perdida. Y en mi primer viaje a Egipto yo también buscaba lo mismo. En realidad uno provoca la búsqueda y lo que uno encuentra en el camino pocas veces se parece a lo que uno en realidad buscaba. Muchas veces en la búsqueda uno se siente desilusionado, pero otras muchas veces es gratamente sorprendido.

 Muchos misterios encierran sus piedras. Sus arenas parece que sufrieron encantamientos y bajo ellas miles de tesoros esperan todavía salir  a la luz y poder contar a gritos una historia. La gran Historia.

 Los Misterios de y sobre Egipto llegan a ser infinitos, desde su conexión con los extraterrestres a su conexión con la Atlántida, desde templos etéricos sobre sus templos hasta portales dimensionales. La fuerza de GAIA nos habla a través  del simbolismo de las pirámides. La vibración del quinto chakra. El trabajo energético es profundo, tanto por la energía que el mismo lugar emana como la que el ser humano ha impregnado en sus templos a través de la ritualización de sus tierras y piedras en cada Templo.

 Un buen viaje a Egipto bien merece la pena, tanto para saber de misterios como  simplemente para conocer la historia. Un soplo de vida nueva es emanado a través de las paredes de muchos templos, dejando abierta la puerta de lo desconocido.

Una vez has llegado a esta tierra, algún templo de todos los que visitarás conquistará tu corazón.

 Mi corazón fue conquistado de inmediato en Abidos. Sin remedio quedé rendida a sus pies, tanto por sus formas como por la energía que desprende. Mi mente fue conquistada por los misterios que encierra y embaucó a mi alma con las sensaciones encontradas, sentidas y vividas dentro de los muros del Gran templo.

 La primera vez que entré en su recinto, lo hice descuidadamente, casi sin detenerme en el camino de acceso a la primera gran entrada. De repente, nada más atravesar el umbral, un mareo inesperado invadió mi cuerpo, paseé sin rumbo en el interior del templo, mis acompañantes desaparecieron y sin saber cómo, me encontré absorta contemplando la lista de los 76 reyes que están escritos en uno de sus muros, recuerdo haber pasado la mano por encima de alguno de ellos, intentando imaginar qué faraón llevaría este nombre, intentando sentir qué hombre se escondía detrás de esos símbolos.

Seguí caminando y otra vez me quedé sola en otra sala, no era una sala principal, pero era bella. Mi mareo continuaba, sentía que volaba, o para explicarlo mejor, sentía como si me hubiera tomado una copa de más; mi cabeza era invadida por imágenes y era feliz. Me senté en la sala, no llegó a ser mucho tiempo, unos cinco o diez minutos durante los cuales disfruté de cada sensación, de cada imagen que el templo impregnaba en mi mente y en mi cuerpo.

 Trascurridos unos minutos me levanté y seguí por unos instantes una visita normal del  templo, durante la cual mi mente no paraba y me llevaba a los antiguos ritos de Osiris, aquellos que  Plutarco y Herodoto nos trasmitieron en sus textos, símbolo de la muerte y resurrección, el paso a otra vida. Los comprendí como rituales de paso, de transmutación o de limpieza de procesos.

Sumergida en estos pensamientos me encaminé hacia la parte de atrás, hacia el Osireion y, cuando mis ojos se volvieron acostumbrar a la luz del sol, contemplé el maravilloso templo y de primera mano  pude ver el parecido que todo el mundo indica entre este templo y el templo del Valle en Giza con los templos incas. La conexión con la Atlántida era factible.

Me senté en una roca. Ante mí, uno de los grandiosos debates entre historiadores, investigadores y/o pseudoinvestigadores. Para algunos, su antigüedad es de un poco más de tres mil años (aunque el lugar es reconocido con más de cinco mil años); para otros su antigüedad roza la friolera de  doce mil años. Para unos un templo para representar la creación egipcia y para otros un templo que contenía y contiene una información crucial para la humanidad, encerrando los misterios que se hundieron con la Atlántida.

 Cerré mis ojos  para rememorar en mi mente tanta maravilla ante mí. Quise agradecer, comprender y sentir. Con esta sensación  salí del templo. Caminé un rato antes de volverme a topar con la gente con la que había llegado al templo. Poco a poco, paso a paso, volví a la realidad.

 Muchas otras veces he pisado el templo, cada vez que llego allí un pequeño mareo me embarga, siempre me sobrecoge. No sabría explicar si es Atlántida, si es ritual, si es mitología… pero el templo llega a mi alma. Si tuviera que elegir un lugar para no olvidar en Egipto, un lugar para meditar, sentir o vibrar… Abidos sería este lugar, pues ocupa este espacio en mi alma.

 Susana Ortega    www.viajessagrados.com

Artículo publicado en Espacio Humano, Diciembre 2010

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