En Machu Pichu (Perú), camina por la calle, se está acercando a un centinela, le mira a los ojos. Él se endereza, sin rigidez y la contempla con respeto antes de bajar la cabeza.
La acompaña alguien, un criado tal vez, que lleva algo de peso.
Esa tarde, se encuentra en lo alto de una escalinata, frente a un altaar que se abre al abismo de las montañas, donde crepita un fuego sagrado. Lleva una túnica blanca, con cinturón y pechera de piedras. El pelo negro, largo, trenzado en parte con un elegante adorno en la cabeza, cae por su espalda, mientras eleva los brazos ante el altar para invocar a la deidad.
La gente aguarda y al volverse comienzan a subir las ofrendas. Son frutas, de las que la mitad serán para el sacrificio y la otra mitad para ella.
Se trata de una ceremonia de la fertilidad y la prosperidad, en parte de gratitud y en parte de súplica. Esta tarde y esa noche se consagrarán a la procreación y al amor.
Ella quedará sola. La acompaña una muchacha a sus habitaciones, donde la aguarda un perfumado baño. En cuanto desciñe sus vestidos, la deja ir con su amante.
En el agua, en el lecho y en el borde del acantilado, la envuelven y penetran las fuerzas del Agua, la Tierra y el Aire, que mezcladas con las que ya entraron del Fuego la conmueven y llevan al éxtasis.
Sus cantos de gozo se oyen en la ciudad y les sirven para confirmar la buena disposición de la naturaleza para la fertilidad de hombres y mujeres, de sus campos, y también… de sus corazones.
MARÍA AURELIA CASCÓN





